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La aventura de descubrirte

Existe un ejercicio muy difundido en talleres que consiste preguntar ¿quién eres?, y luego de la primera respuesta otra vez “si, pero ¿quién eres realmente?” y luego otra vez y así, con el fin de que veamos las distintas respuestas que vamos elaborando, y vayamos tomando consciencia de que en realidad no tenemos una definición certera y completa a la pregunta. Probablemente nuestras primeras respuestas se refieran a roles que desempeñamos y consideramos significativos, madre/padre, esposo/a, profesional, ciudadano/a. Podemos decir que somos un ser humano, pero eso también en última instancia es admitir el misterio de nuestro ser, porque ¿qué significa ser humano?

Con frecuencia se da que al hacerlo, tomamos consciencia de dos aspectos incómodos: primero, que obviamente el saber quién soy es una de las cuestiones fundamentales de la vida, y luego, que no nos estamos ocupando del tema.

Puede que descubramos con este simple ejercicio que nos hicimos una idea de quiénes somos inducida por nuestros referentes, y la dimos por cierta, sin revisarla. En esta definición, asumimos que estamos incompletos, y que nos tenemos que “construir”, en el sentido de rodearnos de cosas que nos van a convertir en “alguien”, como logros académicos, deportivos, sociales o bienes materiales. Y que sin cuestionar estas ideas, nos pusimos manos a la obra durante todos los años que lleva nuestra vida, sin detenernos nunca a corroborar si todo lo que nos dijeron de nosotros era cierto. Parece estar todo armado para que nos dediquemos a construir ese ser social sin hacernos preguntas fuera de ese marco. Al igual que esas rueditas que están en las jaulas de los hámster, todo parece estar armado para que utilicemos nuestra energía en una ilusión de estar avanzando, que nos encandila por momentos, sólo para volver a dejarnos esa ambigua sensación de estar incompletos, y nos vuelve a seducir con alguna cosa nueva. Y por supuesto, nos comparamos con los demás para ver quién ha llegado más lejos con estas premisas, nos sentimos superiores respecto a algunos de nuestros semejantes, y envidiamos a otros.

En este esquema, no hay techo ni final, siempre podemos tener algún otro logro, algún otro bien, de manera que el sentimiento de estar incompleto se convierte en algo permanente, pero por sobre todo, la pregunta “¿quién soy?” es desterrada, confinada al ámbito de las cosas raras, de los temas innecesariamente complejos que no hacen a lo importante de la vida. Vivimos separados de la cuestión fundamental, vivimos alienados.

Pero en algunas ocasiones se da que alguien se anima a enfrentar la inercia de su programación mental, dejar de evadir el desafío, y aventurarse a dilucidar la cuestión fundamental de su ser. Cuando por fin tomamos la decisión de conocernos, lo que se abre ante nosotros es una dimensión nueva y apasionante de la vida, un punto de inflexión después del cual ya nada vuelve a ser lo mismo, el descubrimiento de un universo de sorpresas y posibilidades que siempre estuvo allí, y parece contener todo lo que se requiere para experimentar la ansiada plenitud de la vida.

Quizás resulte abrumador agregar a la lista de metas que hoy ocupan tu mente la de conocerte, como si no tuvieras ya motivos de preocupación ¿tengo que resignar mis proyectos y metas para disponer del tiempo y energía necesarios para conocerme? ¿También hay que desatender mis problemas y las cuestiones a resolver? Nada de eso, afortunadamente. De hecho, todo lo que en este momento te motiva es necesario para el trabajo de descubrirte. El cambio, sutil pero fundamental, es el giro de tu atención, desde la posición actual, enfocada en las cosas del mundo, hacia quien lo está percibiendo. Comienzas a ejercitarte en el delicado arte de observar tus reacciones, emociones, pensamientos, actitud interna frente a cada circunstancia, y haces esto con un espíritu inocente, curioso, libre de prejuicios, con el sólo afán de ir comprendiendo cómo funciona tu mentalidad, lo que es recurrente, repetitivo, lo que es consciente e inconsciente, lo que te atrae y lo que rechazas, cuando te acusas y cuando te justificas. Nace en ti el testigo, y aparece una interesante revelación: ¡observar no consume energía en absoluto! Notas que tu energía se consume sólo con aquello que te atrae o que rechazas, o sea, cuando juzgas. Pero si logras observar sin juzgar, no hay desgaste.

Quizás comiences a comprender a qué apuntan realmente los principios que conforman los caminos espirituales tradicionales, y puedas trascender las formas dogmáticas con las que se han difundido, para encontrar coincidencias que resultan muy reconfortantes. Como si observaras diferentes mapas que representan un viaje hacia el mismo destino, aunque de maneras que pueden lucir muy diferentes.

Entre una gran cantidad de sorpresas que te esperan, descubrirás que conocerte, aprender tu funcionamiento y las energías que te constituyen, también es conocer el mundo. No sólo no te aíslas de é, sino que más bien te integras más armoniosamente, y encuentras maneras más elegantes y eficientes de concretar tus anhelos.
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